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El ciego y el lazarillo

Cuenta la leyenda que en un país muy cercano, habitaba un príncipe muy sabio que era ciego. A pesar de faltarle un sentido tan importante, siempre tomaba las decisiones correctas para el funcionamiento del país.
Muchos súbditos en diferentes momentos desconfiaban de que un ciego pudiera ser el príncipe del reino, pero como lo amaban tanto por su sabiduría, le pidieron que eligiera a un consejero, para que fuera sus ojos y le ayudara en los temas de palacio.
El príncipe, eligió a dos de sus amigos y les indico que antes de elegir a su consejero, tenían que pasar una prueba.
Allí, delante de todos los habitantes del reino, los dos amigos aceptaron encantados, creían estar preparados para soportar cualquier desafío.
El reto, los sorprendió:
– Simplemente quiero que me agarréis la mano, demos un paseo y me mostréis el mundo.
Los dos quedaron sorprendidos, no sabían cómo mostrarle el mundo a un ciego, sin embargo, aceptaron sin dudar.

El primer amigo, llamado Quique, le dio su brazo y partió a enseñarle el mundo cercano que delimitaba su casa. El paseo duro 30 minutos.
Cuando volvieron, el segundo amigo, de nombre Antonio, estaba preparado. Le agarró de la mano y pasearon durante otros 30 minutos.
Al regresar se encontraron con los ciudadanos que les esperaban para conocer al nuevo consejero.
El príncipe silbo al viento y junto a el se posó en su hombro un jilguero, un pequeño pájaro cantor.
El ciego pidió al primer amigo que paseara de nuevo con el, pero antes de salir le suplico que cerrara los ojos y no los abriera durante todo el paseo, así estuvieron otros 30 minutos, más tarde hizo lo mismo con el otro amigo.
Lo extraordinario, era que el ciego se guiaba con las melodías que le entonaba el jilguero, caminaba tranquilamente, aunque a veces, tropezaba y caía al suelo.
Sentados ya, en el centro de la plaza mayor, el príncipe le pregunto a Quique:
– ¿Que has sentido como lazarillo?
– Me he sentido tu protector, que te salvaba de los peligros que se interponían en tu camino. He pasado limpiándote de los obstáculos que te surgían y como ves, no te has caído en ningún momento.
– ¿Y cómo ciego?
-Eso ha sido muy difícil. Desconfiaba en todo momento. Tú estás ciego y no creía que pudieras llevarme a un lugar seguro, ni protegerme. Nos hemos caído dos veces, y ha sido desagradable.
– ¿Quién manda, el ciego o el lazarillo? -preguntó el príncipe
– Sin lugar a dudas, el lazarillo. Es el que ve y el que tiene la última decisión.
El príncipe pregunto a su segundo amigo:
– ¿Qué has sentido de lazarillo?
– He intentado cuidarte, que no sufrieras ningún daño al principio, pero cuando me he dado cuenta de que sabias donde ibas, que querías disfrutar del paseo, me he relajado y he llevado tu ritmo. Simplemente he cuidado que no cayeras, pero cuando debido a tu rapidez o tu paso resbalábamos y dábamos con nuestros huesos en el suelo, me reía, te levantaba y seguíamos a tu ritmo. Cuando veía algo interesante me paraba y te contaba lo que veía. He intentado que te dejaras llevar por el aire, el sol, y que disfrutaras de tus sentidos.
– ¿Y cómo ciego?
– He sentido confianza. Sabía que aunque tú no vieras, no ibas a dejar que nos hiciéramos daño. Me he sentido cuidado, he podido llevar mi ritmo, cuando me parabas y me decías que mirara, abría mis ojos y veía cosas extraordinarias, cuando te parabas y hacia que me detuviera a escuchar el aire, los pájaros, el mar, hacía que mis sentidos se manifestaran en todo su esplendor. Me has hecho un regalo haciendo de ciego.
– Hemos caído tres veces, ¿Qué has sentido?
– Me he reído sabiendo que esas caídas son parte de la vida. En este camino, caemos y nos levantamos y en todo momento estos deslizamientos nos sirve para crecer y aprender, por ello, no le tengo miedo a equivocarme, a cometer errores y no le tengo miedo a la vida. Disfruto de lo que tengo, de lo que soy y se para que vivo.
– ¿Quién manda para ti el ciego o el lazarillo?
– No lo sabría decir, pero he estado cómodo de las dos formas -dijo Antonio

El príncipe, se quedó meditando durante unos minutos, pasado ese tiempo, habló:
– Quique, mi primer amigo, me ha cuidado bien, me ha servido bien, pero solamente se ha preocupado de lo material, del exterior que hay en mi; “No te caigas, cuidado con ese precipicio, atento al mar…”, ha ido muy rápido en su caminar como casi todos los seres humanos, no me ha dejado que sienta por mí, que me pare cuando quiera, que juegue con la vida, que me caiga cuando tomaba decisiones erróneas…, ha ido a su ritmo y así es como vive su vida.
Cuando ha ido de ciego no ha entendido que papel tenía que representar y ha desconfiado de todo. Cuando se caía maldecía, cuando tropezaba se quejaba, iba muy lento o muy rápido porque quería terminar pronto, quería llegar a un lugar seguro, y así se pierde la vida, y eso es lo que le sucede en su existencia diaria.

El príncipe se calló unos segundos, y continuo:
– Con Antonio, mi segundo amigo, he vivido una experiencia maravillosa, caímos, nos levantamos, disfrutamos de la vida. Gozamos del placer de los sentidos, del oído, del tacto, del sabor, del olor…., sentimos la confianza, dejamos que llegaran a nosotros las dudas, e incluso de esas dudas, gozamos de esas sensaciones y por fin, te has dejado llevar.
De ciego ha sentido amor, paz, equilibrio, aventura, pasión…, porque el ciego sabe lo que necesita, y es el que marca el camino que quiere seguir.
De lazarillo ha sentido mis sensaciones, se ha parado, y se ha dejado llevar por mí, cuidándome de los peligros, pero no importándole que me arriesgara a caer. Sabia que allí estaba mi crecimiento, que en aquel lugar y momento, se encontraba mi vida.
Tú serás quien cuide del reino.

Todos los habitantes del reino, quedaron con la boca abierta, y allí, recibieron una de las lecciones más extraordinaria que pudieran sentir:
El príncipe era el que realmente veía y ellos eran los ciegos. El veía con los ojos del corazón, y esos no le engañan. Los que solo miran con los ojos físicos, necesitan ver para creer, y el príncipe creía sin ver, y por eso, lo creído se hacía realidad.
Los que viven en los miedos, viven entre tinieblas y solo gracias al amor y a la visión de su príncipe ciego, podrían algún día, abrir los ojos y despertar al mundo real, a un mundo donde no hubiera disfraces, ni máscaras, a un mundo donde cada uno sea ciego o lazarillo, vivan en paz, en la alegría, en el amor.

En este planeta, algunas veces somos ciegos y en otras, lazarillos. El paso lo marca el corazón…

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