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La caja de las emociones

Había una vez un niño, que era libre como el viento, era tan curioso que a veces era sorprendido por las olas cuando surfeaba.
En su vida no existía el miedo. Quería saberlo todo. Era compasivo con los niños más débiles, siempre estaba dispuesto ayudar a los demás y era muy divertido. Cualquier cosa le hacía reír y disfrutar. En ocasiones, salía su vena egoísta, como niño que era, pero era un egoísmo tierno y solidario a la vez.
Por encima de todo, era muy listo e inteligente. Sabía aceptar lo que la vida le daba. Era la viva expresión del amor, un reflejo del corazón de la isla.

Un día presenció una discusión entre dos adultos por unas tierras. Los dos eran amigos desde la infancia y entre ellos siempre había risas, complicidad y amor. Más que amigos, eran hermanos de vida, pero aquella discusión hizo que cada uno sacara de su interior su lado más oscuro, se insultaron, se amenazaron y al final, llegaron a golpearse hasta casi la muerte. Finalmente fueron separados y llevados a curar.

El niño, muy curioso, fue a verlos y les preguntó qué les había ocurrido y por qué habían actuado así.
Ellos, avergonzados, no quisieron decirle nada, se alejaron en silencio con el alma destrozada y la mirada perdida.

El niño se subió a la montaña de Orongo y preguntó a su Dios porqué pasaba esto, porqué nadie era capaz de controlar sus sentimientos, sus instintos. A continuación, se puso a llorar por los dos amigos y por todos los que seguían el camino del odio.

Un Manutara, el pájaro sagrado de la Isla de Pascua, se posó en una roca cercana y, dirigiéndose a él, dijo:
—¿Qué te sucede, pequeño amigo?
El niño le contó lo sucedido y le preguntó:
—¿Por qué sucede esto? ¿Por qué nadie es capaz de controlarse? ¿Para qué vivir en este mundo de locura?
El pájaro le sonrió y le contestó muy suavemente:
—Sé que todas estas preguntas te crean muchas dudas, que la inquietud y la desesperación te inundan en muchas ocasiones pero no te preocupes, debes saber que estas situaciones son un aprendizaje por el que todos debemos pasar. Son como un examen que te hacen en el cole, si no lo apruebas repites curso y si lo apruebas pasas al nivel siguiente.

—Y, ¿por qué pasa eso? —dijo el chico.
—Sólo cuando te escuches, sabrás las respuestas, solo cuando te pares, escucharás tu alma. Esa que siempre te hace decidir bien, la que siempre está contigo, la que te habla, con calma y detalle, de la caja de las emociones donde se encuentran todas las respuestas.

El niño, acurrucado entre las alas del Manutara, se quedó dormido, y, entre sueños, vislumbró una caja de colores preciosos que estaba abierta. Por mucho que miraba, no conseguía ver lo que había dentro y eso le angustió. Exaltado, despertó de un salto. Al abrir los ojos, encontró a su lado una caja marrón muy fea, con muchas cadenas y dos cerraduras grandísimas. El niño sonrió, como sólo sonríen los que son más listos que el hambre, y pensó: “Esto es pan comido. Esta tarde la dedicaré a ayudar a todo el mundo a solucionar sus problemas de sentimientos”. Sacó una bolsa de ganzúas y empezó a querer abrir las cerraduras.
Pronto se dio cuenta que la tarea no iba a ser fácil. Lo intentó una y otra vez pero la caja seguía intacta, sin un rasguño. Y así fueron pasando los días, que se convirtieron en semanas.

El niño, cansado de intentarlo, se rindió, la abrazó para despedirse de ella y al hacerlo, notó que su corazón empezó a vibrar. La caja resplandecía y cambiaba de color !!! Asustado, la dejó en el suelo y decidió abandonarla allí.

Al darse la vuelta, su cuello empezó a vibrar. Se tocó, y de pronto encontró una llave muy pequeñita. No entendía cómo había llegado allí. Miró al cielo buscando al pájaro pero solo oyó una risita. Entonces, volvió a mirar a la caja y sintió que ésta le llamaba. “Estoy loco, esta llave es muy pequeña para esas inmensas cerraduras, pero bueno, no pasa nada”, se decía. Introdujo la pequeña llave en una de las cerraduras, la giró sin mucha fe y en ese momento, el corazón vibro al unísono con la llave y ésta se abrió. Sorprendido, introdujo la llave en el otro candado, lo giró y éste también se abrió.
Levantó poco a poco la tapa de la caja y, de repente, la “alegría” saltó sobre el niño. Empezó a sonreír y a sentirse feliz sin saber por qué. Acto seguido, el “dolor” brincó sobre él y empujó a la “alegría” fuera. El niño empezó a sentir sufrimiento por todo su cuerpo. En ese momento, el “placer” saltó y arrancó el “dolor” de su cuerpo dejándole relajado y con una sonrisa de satisfacción en su cara. El niño tomo consciencia, que él , y sólo él, podía coger o soltar esas emociones. Así pues, cogió al “placer”, lo dejó en la caja y se quedó mirando al resto de las emociones que lo observaban maravilladas. Empezó a descubrir las peculiaridades de cada una y sintió que, si él quería, las podría sacar o meter a voluntad.
En un descuido, el “miedo” le saltó a la espalda y el niño empezó a sentir temor. Pensó que lo que estaba haciendo estaba mal, que era demasiado imprudente por haberla abierto y decidió cerrarla de golpe, pero el “amor”, saltó en el momento justo, se lanzó encima del “miedo” y empezó a luchar con él. En segundos, el niño paso de temer a confiar, de llorar a amar. El “amor” ganó y envió al “miedo” por el agujero de la caja. En ese momento, la “confianza” saltó hacia él y le dijo entre susurros: —Confía, sé simplemente tú. Confía, no le hagas caso a la mente, no le hagas caso al ego. No dejes que el miedo te llene el corazón de temor. Cierra los ojos y confía. En ti hallarás las respuestas. El niño sonrió, respiró muy profundamente y cerró los ojos. En ese momento, su alma se iluminó y empezó a entenderlo todo.

Supo, que la caja de la emociones era el tesoro que todos llevamos dentro, que en esa caja convivían todas la emociones, todos los sentimientos, tanto los oscuros como los claros.

Supo, que sólo los guerreros y los buscadores de la luz eran los que tenían la capacidad de disfrutarlas, convirtiéndose por ello, en guías del mundo.

Supo, que en ocasiones salían unas y en ocasiones otras y que el equilibrio era muy difícil, pero no imposible.

Supo, que si las exploramos y las aceptamos, nos ayudarán a encontrar nuestro camino en la vida.

Supo, que abrir la caja es como abrir el corazón, que era un riesgo en el que podía ser herido y dañado, pero que si no lo hacía, no viviría.

El niño sonrió, miró a todas las emociones y aceptándolas, dejó a la “confianza” con sus compañeros. Supo, que era el dueño de su vida, que era el conductor de su destino. Cerró la tapa de la caja y dulcemente, se abrió el pecho, buscó un lugar cerca de su corazoncito, y colocó allí su caja.

Ésta se había transformado en una caja de color azul brillante y sin cerraduras para que las emociones pudieran salir siempre que él lo deseara.

El pájaro Manutara se acercó al niño y le invitó a ir a la plaza del pueblo. Allí se encontró sentados, en bancos separados y sin hablarse, a los dos hombres de la discusión anterior. Se acercó a ellos, los sentó en un banco, les cogió las manos, las juntó, y, después, se las llevó a su pecho. En ese momento, los amigos escucharon en sus corazones el cuento de la caja de las emociones. Comprendieron sus discusiones y sus encuentros, sus disputas y su amistad, el dolor que se producían y el amor que sentían el uno por el otro, y entendieron que ellos podían ser, al igual que el niño, dueños de su vida, y que, a partir de ahora, decidirían elegir los sentimientos que dirigirían su vida, respetando al amigo y a los demás habitantes de la isla. Los dos hombres se miraron a los ojos y, encontrando el amor que vivía en sus almas, se abrazaron y lloraron en silencio, ante la sorpresa del resto del pueblo.

El niño se dirigió hacia los otros niños y sintiéndose en paz consigo mismo y con el universo, se lanzó al agua con sus amigos y empezó a surfear las olas, nadando entre los delfines. Miró al cielo y vio que su amigo el Manutara le sonreía. Se sintió cuidado.

“Si cierras tu caja, mueres.
Si abres tu caja, vives.
Si cierras tu caja, el miedo se apodera de tu vida.
Si abres tu caja, el amor no tiene límites.
Si eliges cerrar, vas a sufrir.
Si eliges abrir, vas a sufrir.
Tú decides.
Tu vida depende sólo de ti.
Solo tienes una vida y es ésta.
Sonríe”

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