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Ojala que llueva cafe en el campo

Ojala que llueva café en el campo

 

Ojala que llueva café en el campo

Ojala que algún día, todos comprendamos que ese café es de todos

y que ese campo es nuestro planeta.

 

 

La madre Universal observaba el comportamiento de los habitantes del planeta llamado Tierra. Lo miraba con amor y con esperanza. Este asteroide azul fue diseñado por la madre de la vida como muestra de la perfección, y dejo como moradores, a seres que respondían al nombre de hermanos.

Estos individuos fueron creados iguales y obedecían idénticos preceptos; amor, paz y solidaridad.

En el transcurso de los siglos, la zona de la oscuridad, consiguió que el poder, el dinero y la tiranía, cambiaran el nombre, y dejaron de llamarse seres hermanos, para ser conocidos como seres humanos.

Esa división, hizo se dividieran en personas de primero, segundo y tercer orden, y la separación de las almas llego a sus vidas. Esta ruptura hizo que la madre Universal se indignara con los hombres del llamado primer mundo.

 

Le había dado lo mejor de su Espíritu; vida, naturaleza, sueños, sentimientos, pero esos seres humanos, que vivían en los mal llamados países desarrollados, eran egoístas, destructivos y dictadores. Solo perseguían los bienes materiales, el consumismo y las monedas, esclavizando y oprimiendo al resto de sus antiguos hermanos.

La Madre, intentó durante muchos siglos que comprendieran su mensaje. Le envió mil y una señales, puso en la arena del camino a profetas, maestros y sabios, pero todo fue inútil, la mayoría de ellos, fueron crucificados, estigmatizados, asesinados y la brecha entre los mundos era cada vez más profunda.

Cansado de la actitud de esos seres, consultó con su amiga, la Vía Lactea, y esta le exigió que borrara al planeta Tierra de la faz de las constelaciones, y convirtiera en polvo, los huesos de sus pobladores.

Abrumado con tantos sentimientos contradictorios, la Madre recordó cuando creó a ese planeta tan hermoso, y puso una gota de su esencia en cada persona, animal o vegetal que vivía allí.

Repasó el nacimiento de su más perfecta creación; el ser hermano, y en ese momento descubrió que había cometido un grave error; le había dotado de una fría y calculadora mente, y de dos aliados crueles; el ego y la avaricia.

Llamó a consulta a su buena consejera, la abuela Maria, una estrella verde que refulgía en el firmamento y que cuidaba cada segundo de los habitantes de la Tierra. Ésta, se quedó pensando durante un siglo, al cabo del cual le dio la solución:

— Hay que invertir la forma de vida — dijo con una sonrisa pícara y le contó al oído de la Madre su plan.

Está, asombrada del proyecto de la pequeña sonrío y decidió comenzar:

 

– Primero, mando durante siente día una lluvia torrencial que amenazó con inundar el primer mundo. Cuando dejó de llover, una bruma gris apareció de improviso inundando las calles, campos y ciudades. Los pobladores de las megápolis, apenas podían respirar, la visión se hacía dificultosa. Las gentes que antes tenían casas, coches y trabajos donde ganaban mucho dinero, se quedaron sin medios de sobrevivir. Las fábricas no existían, el dinero no valía al no haber nada que comprar. Los aviones no podían volar y los barcos varados en los puertos. No existía luz eléctrica, las refinerías se quedaron agotadas y no daban ni un litro de petróleo. El caos mundial se avecinó en unas semanas.

No quedaba comida, ni agua potable. Las enfermedades asolaban las ciudades del antes gran mundo; Madrid, Nueva York, Londres, Paris, Beijín, Moscú…, se encontraban en la más absoluta de las ruinas.

Los individuos de estas poblaciones, antes tan despóticos y sordos a los mensajes del Universo, comenzaron a dar síntomas de hundirse. Los conflictos por color de la piel, religión y raza, pasaron a un segundo plano, todos querían sobrevivir. Nadie sabía qué hacer, los líderes mundiales del G-8, tan prepotentes, estaban derrotados y no ofrecían soluciones. El primer mundo conocido se encontraba a punto de desaparecer.

 

Nadie supo cuando sucedió, ni quien lo hizo por primera vez, pero una mañana, millones de niños de cada ciudad en el mundo, comenzaron a cantar en su idioma, una música suave y dulce que hablaba de un color esperanza. Los niños, unieron sus manos y pidieron al Universo o a sus Dioses, tener una oportunidad de vivir y de amar. Cada niño, como siguiendo un guión establecido por una fuerza superior, se acercaban los unos a los otros y le hablaban al oído a los otros niños que lo escuchaban con atención y respeto, diciéndole: <<lo importante que eran, lo que lo quería, que deseaban que fuerzan felices y mil palabras de amor, de armonía de esperanza>>.

Los adultos del llamado primer mundo, los miraban incrédulos, no sabían que hacer ante esa actitud que parecía obra de magia, o de libros de caballería antiguos, sin embargo, como si de un milagro se tratara, la vibración de las voces de los niños, consiguieron que la niebla se disipara, y el sol volvió a iluminar los rostros de los seres humanos.

Los adultos, al mirar alrededor en sus ciudades, descubrieron asustados que ya no tenían nada, que la destrucción de su anterior forma de vida había sido total. El ego desapareció de sus corazones, y elevando sus ojos al cielo, suplicaron clemencia.

Los niños miraban a sus padres, se cogieron de la manos, y les dijeron que se hablaran al oído los unos a los otros y se enviaran amor, paz y esperanza.

Los adultos, desorientados y como último recurso, se acercaron los unos a los otros y comenzaron a hablarse como les habían dicho los niños. Mientras la vibración de las palabras se extendía imparable, un mensaje mágico se trasmitió por el aire:

<< Los únicos países que no han sufrido daño son los llamados del tercer mundo; en África, en América del Sur, en Asia… quien quiera sobrevivir, tendrá que ir allí>>

Los pobladores de los antiguos países más desarrollados, querían vivir, pero no existían medios para llegar y el miedo se apoderaba de sus corazones.

En ese instante, una bruma de color verde inundo las ciudades, pueblos y campos de la primera zona durante siete soles. Cuando se disipo, encontaron en las costas, maderas, clavos y velas con el color de la esperanza y los caminos y carreteras tenían el paso franco. Los moradores decidieron viajar.

Juntaron sus fuerzas y cada persona aportaba lo que tenía; un poco de arroz, frijoles, agua… Lo que era de uno era de todos, y así comenzó el mayor éxodo visto en este planeta azul.

Las colas se hacían sin gritos, ni odio, ni golpes. Las disputas eran atendidas por los niños, que con alegría y amor, los solucionaban. Los adultos comprendieron que había sitio suficiente y que nadie se quedaría en tierra. En las carreteras se hacían largas colas de caminantes.

Lo único que se exigía para caminar, era que ayudara al vecino, sin importar el color de su dermis, sus creencias y su nacionalidad, y por primera vez, todos se miraron a los ojos de una forma diferente.

 

Los habitantes de Norteamérica, lideraros por el presidente Trump, comenzaron el viaje recorriendo los caminos que se dirigían a México, y el miedo se pegaba a sus zapatos. Ellos, los norteamericanos llegaron hasta el rio Grande y el inmenso desierto que bordeaba una enorme valla llena de alambradas, imposible de saltar. Los adultos no sabían si cruzar el rio o el desierto, por miedo a lo que les esperaría en el otro lado, sabían su actitud anterior a la gran niebla con sus vecinos. Ellos, eran ahora los espaldas mojadas, y decidieron cruzar el río Grande, e intentar escapar de las patrullas de los policías mexicanos que los capturarían para encerrarlos como animales, y los devolverían a su país.

Vivían en sus propias carnes el acoso, el miedo y la humillación de buscar un poco de comida y un lugar donde vivir. pensaban que no serían bien acogidos. Trump y su familia viajaban escondidos por miedo a represalias, y el mandatario apenas hablaba.

Los adultos europeos que antes veían como los inmigrantes de países africanos intentaban llegar a la ansiada Europa, y los deportaban, encontraron materiales y diseñaron pateras. Con el miedo en el cuerpo,  cruzaron el Mediterráneo, pensando que si eran localizados por las patrulleras africanas los devolverían a España, Francia, Italia, Alemania y morirían de hambre y de sed en esos paises.

En la zona asiática, de China cruzaron a India, de Japón a Vietnam, de Australia a Polinesia…, buscando tener una oportunidad de sobrevivir pero con el temor en el cuerpo de no ser aceptados.

 

No sabían como iban a ser recibidos, aún llevaban en sus mentes su actitud y la discriminación que sufrían los que intentaban llegar al primer mundo. Sabían del trato y el desprecio que le daban a los inmigrantes y como los encarcelaban y expulsaban de nuevo a sus países de origen.

Que diferente lo veían ahora, que eran ellos los que mendigaban un poco de ayuda y algo de comida. Los blancos se oscurecían la piel para no ser discriminados en los países africanos, los norteamericanos aprendían castellano para mezclarse con la población mexicana, los chinos bajaban la cabeza como símbolo de sumisión y llegaban a Vietnam pensando en trabajar en los campos de arroz, para poder comer.

El miedo, cruel y perverso, les atenazaba el corazón. La mayoría llevaba a sus espaldas, el estigma de su pasado, su vergonzosa actitud, y sobre sus almas, la cantidad de muertos que en años anteriores buscaba llegar a América, Europa o los países en desarrollo, simplemente para subsistir.

La incertidumbre de cómo iban a ser recibidos les hacía viajar de noche y en silencio. El momento de la verdad estaba a punto de llegar.

 

Y una mañana sucedió: la Madre Universal había prevenido a los pueblos del llamado tercer mundo. Les dijo que si soportaban con fe y amor las pruebas que les había mandado, llegaría su oportunidad de vivir en un mundo de paz, y ese día había llegado.

Los habitantes de los países menos desarrollados, estaban ahora en condiciones de devolver las atrocidades que habían sufrido, del racismo vivido en sus carnes, del dolor que sintieron en sus corazones, de las muertes de sus seres queridos en el Mediterráneo, en el desierto mexicano o en el mar de China.

Sin embargo, las enseñanzas de los maestros y el Dios que todos llevamos dentro, vino en ayuda de la gente del primer mundo. Al desembarcar, o salir del rio Grande o del desierto y llegar a los poblados, las ciudades y las haciendas de los países menos desarrollados, la gente los recibían con amor. No miraban que fueran blancos, negros o amarillos, buscaban su corazón y los sentimientos que anidaban en ellos.

Los habitantes y sobre todo los niños, compartían lo que tenían y entre todos comenzaron a crear un mundo nuevo lleno de armonía y concordia.

Los norteamericanos se unieron en un abrazo fraternal con sus hermanos mejicanos y centroamericanos, los europeos entrelazaron sus manos con sus homónimos africanos, los chinos, japoneses, australianos.., crearon un vínculo de amistad y amor con los vietnamitas, indios, tailandeses…, y juntos levantaron sus cabezas al cielo al recibir la última lección de su Madre.

<< Tu eres yo, y yo soy tu, si te hago mal a ti, me hago mal a mi, si te hago bien a ti, me hago bien a mi >>

 

Los individuos de los antiguos países más avanzados, liderados por Trump, volvieron al contacto con su cuerpo, a la naturaleza, a la esencia universal. Disfrutaron más de sus familias y del día que vivían. Aprendieron a saborear un instante y los momentos mágicos que le daba el aire para respirar. Y a partir de ese principio, el planeta azul, llamado Tierra, elevó su vibración.

Se acabaron las guerras, el racismo no tenía sentido de existir, las enfermedades remitieron, los desastres naturales se atenuaron hasta casi difuminarse…, y la Madre Universal sonrió feliz.

 

Esa noche, las estrellas reposaron su reflejo en los baños termales de Archena, y allí, entre las cascadas, Lavilla, de nombre Maria, celebro con sus amigas las asteroides, Alfonsa y Eduarda, que el planeta azul era  una tierra de esperanza.

El padre Universal, sonriendo por las palabras de sus niñas, las invito a un desfile sensacional de estrellitas fugaces en paños menores, y las risas aún se oyen por toda la galaxia.

 

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>> Cada día somos más pobres interiormente. Nos movemos en un círculo cada vez más cerrado. Cuando vemos o escuchamos algo que sucede en nuestra ciudad o país, siempre echamos la culpa a los inmigrantes, y no nos permitimos crecer como seres humanos.

Creemos que nos van a robar, asaltar, violar o asesinar, y que incluso nos van a quitar el aire que respiramos.

 

>> ¡Ya esta bien! ¡Ábrete a la vida! ¡Dale la oportunidad de conocerlos! ¡Descubre como sienten y como respiran! ¡Observa que sufren y padecen como tu! ¡Que ríen y lloran, que trabajan de sol a sol en trabajos que tu no quieres, y que solo buscan un motivo para compartir y conocerte!

 

>>Si amas realmente a una persona que conoces o a un ser querido, puedes amar a todas las personas. Si amas la vida, puedes amar al mundo sin importarte de donde vienen, ni de que raza, color de piel o de que religión son.

>> Tienes que ser responsables de tu forma de ser y de comportarte con los demás, sean quienes sean y venga de donde vengan.

 

>> El Amor del Universo se basa en la solidaridad humana, y tiene un principio invariable;

<< Lo que te afecta a ti, me afecta a mí >>.

 

>> Hemos nacido en lugares diferentes, con lenguas distintas y culturas diversas…, pero nuestra esencia, nuestro espíritu es el mismo, proviene del mismo lugar, El Alma Universal.

Todos los seres humanos necesitan ayuda. Unos para comer, otros para curar sus enfermedades o para subsistir, la mayoría para curar las dolencias del alma…, y si escuchamos el corazón nos dará la solución;

<< quien salva una vida salva su propia vida,

quien ayuda a un ser humano, se ayuda a si mismo >>

 

Maururu Taina

 

 

 

 

 

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